miércoles 25 de noviembre de 2009

T minus Cero

Madre de los Devastados, aquí estoy, otra vez.

sábado 14 de noviembre de 2009

T minus 5: Credo y Técnica de la Prosa Moderna

1) Cuadernos secretos de anotaciones rápidas, y delirantes páginas mecanografiadas para tu propio deleite.

2) Resignado a todo, abierto, atento.

3) Trata de no emborracharte nunca fuera de tu casa.

4) Ama tu vida.

5) Algo que sientes hallará su propia forma.

6) Sé un loco y silencioso santo de la mente.

7) Sopla tan hondo como quieras soplar.

8) Escribe lo que quieras sin limitaciones, desde el fondo de tu pensamiento.

9) Las innombrables visiones del individuo.

10) No hay tiempo para la poesía: en su lugar Lo Que Es

11) Tics visionarios que estremecen el pecho.

12) Con extática fijación sueña el objeto que tienes delante.

13) Elimina las inhibiciones literarias, gramaticales y sintácticas.

14) Como Proust, sé un viejo estimulado por el tiempo.

15) Cuenta la verdadera historia del mundo en monólogo interior.

16) El más precioso centro de interés es el ojo dentro del ojo.

17) Escribe para ti mismo, con serenidad y asombro.

18) Trabaja desde el conciso ojo del centro hacia fuera, nadando en el mar del lenguaje.

19) Acepta perderlo todo.

20) Cree en el sagrado borde de la vida.

21) Esfuérzate para dibujar el torrente que ya existe intacto en la conciencia.

22) No pienses en palabras cuando te detengas, sólo intenta ver mejor el cuadro.

23) Sigue la pista de cada día en la fecha que distingue tus mañanas.

24) Ni temor ni vergüenza en la dignidad de tu experiencia, lenguaje y conocimiento.

25) Escribe para que el mundo lea y vea tus exactas imágenes de él.

26) Un libro cinematográfico es una película en palabras, es la forma visual americana.

27) Elogia el Carácter en la cruda e inhumana Soledad.

28) Composiciones salvajes, indisciplinadas, puras, que brotan desde abajo, cuanto más locas mejor.

29) Eres un genio todo el tiempo.

30) Director-escritor de películas terrestres patrocinadas y angelizadas en el cielo.


Jack Kerouac

jueves 5 de noviembre de 2009

T minus 13

Si me lo preguntan, lo que vale la pena de aquí es al águila, y que a los hombres se les saluda con un beso. Todas las mañanas, en la plaza que debo cruzar, saludo al jardinero (siempre requemado, como si sol fuera más inclemente que el mío), y él me devuelve el saludo, apenas con una inclinación de la cabeza o de su escoba. A sus pies, sobre el sendero entre los prados, sobre las raíces que han quebrado el pavimento, hay una capa de plumas. En ocasiones, una cabeza de paloma, y una vez, un corazón minúsculo. El rostro del jardinero, la vergüenza que le obliga a bajar la mirada, es la del hombre que lucha contra una fuerza invencible, invisible, con la partida ganada antes del inicio mismo del juego; un puño de aire que deja todas las mañanas un cuerpo devastado sobre sus pastos pulcramente cortados. Pienso en él cuando estoy frente al teclado y del otro lado de la ventana, el grito del águila inmoviliza a las palomas en los techos, como si fueran nidos sobre las cisternas o mojones de plomo adheridos a los cables. Imagino el alfiler que horada su orgullo cuando el águila recorre su Imperio por encima de los tejados. Creo que entonces también baja la mirada, o apura el maté, o golpea la mesa, y con esa rabia de los derrotados decide comprar una escoba nueva, y fantasea con una aspirados que borre, de un solo pase, todos las plumas de todas las palomas devoradas.

O quizá soy injusto. Tal vez toda la devastación es creada por un gato del que ni él ni yo tenemos idea.

Dos cosas son ciertas:

1. Una vez vi al águila levantar el vuelo desde la plaza, con una rata entre sus garras. De sus alas batientes brotaba un viento minúsculo, pero propio, un aura del color de sus plumas, un amarillo que no se me concede narrar.

2. No había besado tanta gente en ningún lugar como aquí. Eso se debe a que es costumbre argentina saludar a los hombres con un beso. Me costó trabajo por las mejillas ásperas y las barbas, pero ahora la poseo como unas costumbre que voy a expandir, esencialmente por que dos hombres que se besan se parecen mucho a dos niños en el acto de compartir un secreto.

El jardinero nunca sabrá que es uno de los contados hombres a los que me hubiera gustado besar.