jueves 5 de noviembre de 2009

T minus 13

Si me lo preguntan, lo que vale la pena de aquí es al águila, y que a los hombres se les saluda con un beso. Todas las mañanas, en la plaza que debo cruzar, saludo al jardinero (siempre requemado, como si sol fuera más inclemente que el mío), y él me devuelve el saludo, apenas con una inclinación de la cabeza o de su escoba. A sus pies, sobre el sendero entre los prados, sobre las raíces que han quebrado el pavimento, hay una capa de plumas. En ocasiones, una cabeza de paloma, y una vez, un corazón minúsculo. El rostro del jardinero, la vergüenza que le obliga a bajar la mirada, es la del hombre que lucha contra una fuerza invencible, invisible, con la partida ganada antes del inicio mismo del juego; un puño de aire que deja todas las mañanas un cuerpo devastado sobre sus pastos pulcramente cortados. Pienso en él cuando estoy frente al teclado y del otro lado de la ventana, el grito del águila inmoviliza a las palomas en los techos, como si fueran nidos sobre las cisternas o mojones de plomo adheridos a los cables. Imagino el alfiler que horada su orgullo cuando el águila recorre su Imperio por encima de los tejados. Creo que entonces también baja la mirada, o apura el maté, o golpea la mesa, y con esa rabia de los derrotados decide comprar una escoba nueva, y fantasea con una aspirados que borre, de un solo pase, todos las plumas de todas las palomas devoradas.

O quizá soy injusto. Tal vez toda la devastación es creada por un gato del que ni él ni yo tenemos idea.

Dos cosas son ciertas:

1. Una vez vi al águila levantar el vuelo desde la plaza, con una rata entre sus garras. De sus alas batientes brotaba un viento minúsculo, pero propio, un aura del color de sus plumas, un amarillo que no se me concede narrar.

2. No había besado tanta gente en ningún lugar como aquí. Eso se debe a que es costumbre argentina saludar a los hombres con un beso. Me costó trabajo por las mejillas ásperas y las barbas, pero ahora la poseo como unas costumbre que voy a expandir, esencialmente por que dos hombres que se besan se parecen mucho a dos niños en el acto de compartir un secreto.

El jardinero nunca sabrá que es uno de los contados hombres a los que me hubiera gustado besar.

martes 20 de octubre de 2009

T minus 29: El laberinto de los pájaros

Me acomode al bebé sobre el regazo, y esperé a que el hilo de agua que sentía en el costado se secara o vinieran a detenerme. Pierna con Quesillo ya habría llamado a la policía. El bebé casi no pesaba. Se estremecía al oír los ladridos de los perros vagabundos que correteaban en los prados y el clamor de los escapes abiertos. Le liberé los brazos para que pudiera espantarse a gusto. Se quedó escuchando con la boquita abierta. Le busqué alguna etiqueta en manos o pies, y en el pañal y la mantita, pero nada.

Había pájaros en el aire. Palomas sobre todo. Bajaban a picotear las migajas sobre los adoquines esparcidas por una viejita de sombra larga. La bolsa de papel de estrasa temblaba entre sus manos, y el pan le caía entre los dedos. Al otro lado de la fuente, una parejita de unos doce años se besaba; ella acostada sobre la banca y con el suéter del uniforme de secundaria como almohada.


Tuve ganas de que me besaran, de probar el saborcito a cigarro y tacos de suadero de la boca del Masiosare. Por debajo de ese sabor hay otro gusto, sin nombre, que permanecía cuando nuestras bocas se habían separado.


(...)


El bebé se agitó y rompió a llorar. No llores, le pedí, y seguí con mi mirada a la suya, y vi lo que lo asustaba.

Eran los pájaros que mendigaban ramas y nidos entre los árboles del parque. Le daban miedo sobre todo los más pequeños, con esa necedad de subir en vertical y dejarse caer, convertidos en piedras vertiginosas. A punto de reventar contra el suelo, remontaban el vuelo en un arco gris que rompía la estúpida ceremonia de las palomas. Le sonreí y atraje su carita con la punta de los dedos.

Estaba por contarle que cuando era niña creía que los pájaros no volaban al azar. La verdad es que vivían en ciudades de cristal, invisibles para nosotros, y lo que percibíamos como un vuelo a lo loco, formaciones migratorias, disputas ingrávidas al medio día, era el trazo que producían al entrar y salir de sus palacios de arquitectura perfecta y secreta.

Esa cotorrita fugitiva que se detiene de golpe ante los cables del tendido eléctrico no reposa en el aire, en realidad mira a través de su ventana y ve, ve cosas que no podemos ver, que le aburren aunque podrían contestarnos tantas preguntas. Y sube las escaleras de cristal hasta la punta más alta de la torre, donde los gorriones perseguidos por el halcón perdido de un niño bien de Valle de Bravo huyen deslizándose sobre la cúpula de una catedral de vidrio puro, y sus pequeños vientres producen delicadas notas de xilofonista al frotarse contra el cristal, las melodías que perdemos al despertar de un sueño perfecto.


Palacios y catedrales, un laberinto de cristal tendido muy por debajo de rascacielos y aviones, pero siempre por encima de nosotros.

Estaba por decirle eso al bebé, pero yo de niña había sido muy tonta. Una vez me caí de lo alto de la resbaladilla pensando que el aire era firme y que cuatro pasos más allá me esperaba una corona de ramitas y plumas viejas hecha por mis amigos, los pájaros.

Así que no le dije nada, y para quitarle el miedo comencé a mover mis manos frente a sus ojos como lo hacen los sordos, tratando de explicarle con gestos lo que dicen los pájaros al volar; palacios y catedrales, imitando su vuelo con los movimientos de mi mano.

No sonrió. Se quedó dormido con la punta de la lengua asomando entre el botoncito de sus labios, y eso fue mejor.



Capitulo 3.



sábado 3 de octubre de 2009

T minus 44: El viaje a la línea



Este gran mal: ¿de dónde proviene? ¿Quién lo trajó al mundo? ¿De qué semilla, de qué raíz creció? ¿Quién está haciendo esto? ¿Quién nos está matando, robándonos la vida y la luz, burlándose con un atisbo de lo que podríamos saber? ¿Beneficia nuestra ruina a la Tierra, ayuda a la hierba a crecer y al sol a brillar? ¿Está oscuridad también la llevas tú? ¿Has pasado a través de esta noche?


The Red Thin Line
(Terrence Malick, 1999)